La lista puede ser interminable, llena de barbaridades e incluso llegar a ser fantástica, pero creo que nadie debería dejar de tener una lista de las cosas que le gustaría hacer antes de cumplir los treinta. La mía, estimado lector, se compondrá de aquello que voy llevando a cabo y merece tener una historia que contar. Además, podré llenarla de esas cosas que tal vez no me pasen nunca, de las que me arrepienta, de las que me enorgullezca, de las que jamás olvide, de las que simplemente siempre quise hacer y quizás otras que no. Claro, debo admitir desde ya, que no siempre serán cosas mías, y sólo eventualmente se ajustarán a la realidad.

viernes, 15 de febrero de 2013

El calcetín rojo


Nuestra historia comienza en un cajero, uno de tantos se tragaba la tarjeta de mi amiga, ella patea el cajero, seguridad se acerca, mi amiga le grita a seguridad por la descomposición del cajero y porque su ex ya está saliendo con otra, seguridad le pide que se retire, antes de hacerlo mi amiga vuelve a patear el cajero y sale corriendo, el cajero devuelve la tarjeta, seguridad me mira y luego mira la tarjeta, le gané la tarjeta a seguridad y salí corriendo.

Regresamos a la oficina, mi amiga olvidó las llaves del carro, vimos a Lucio dejar el edificio en su carro, nadie había visto las llaves en el estudio, la mayor parte del personal se había ido, le dije que yo la invitaba esta noche y también a su mala suerte, volvimos al cajero, ahora Lucio pateaba el cajero, esperamos por su tarjeta y nos condujo al depa de su hermano.

La fiesta de su hermano no ponía a esa hora, nos movimos, Botika estaba reventando, decidimos reventarnos allí, mi amiga habló del cajero, su carro y sus llaves, y su ex, Lucio hablaba conmigo. El ex apareció, sí salía con otra, hice que el ex le derramara cerveza encima a la apretadísima. Lucio y yo reímos a morir, mi amiga bailó a morir. Se decidió que las fotos no existían y volvimos a la fiesta, a esa hora sí ponía, en el balcón hablé con el hermano, un tipo muy buena onda, me regaló su porro, Lucio nos encontró y el hermano se fue dejándonos otro porro.

Se decidió arrojar por el balcón lo que ya no tiene sentido en la vida, las rabias, los rencores y la mala suerte de mi amiga, entre otra basura encontrada en bolsillos ajenos, realicé algunos rescates y los escondí en mi bolso. Mi amiga disfrutaba ser el centro de atención, el amanecer sustituyó a la noche, el hermano nos encontró echados boca arriba sobre el piso del balcón con las cabezas afuera entre las rejas que cercaban la caída de un sexto piso. Otra vez se decidió que las fotos no existían, esta vez nos aseguramos apagando el iphone.

En la oficina con cuatrocientas tazas de café mi amiga repitió su historia con el cajero, las llaves de su carro y su ex, Lucio le dijo que anoche encontró unas llaves en el lobby, mi amiga casi lo deja sordo con su grito de felicidad, Lucio no recordaba donde las había puesto. Lucio recordó, se paralizó y salió corriendo a la casa del hermano.

En mi oficina muerta de hambre y con cuatrocientas tazas de café yo buscaba en mi bolso pastillas contra el dolor de cabeza, encontré cosas no mías: un calcetín rojo, una corbata anudada, comida para gato y unas llaves. Mi amiga recuperó sus llaves, la cabeza siguió matándome suavemente, seguimos divertidas la inútil búsqueda de Lucio, sólo cuando Lucio intentó trepar al balcón vecino donde cayeron las cosas que arrojó, decidí contarle para salvarle la vida.

Un iphone volvió a encenderse, mi amiga supo vía “feis” que la apretadísima dejó a su ex anoche después de una discusión que terminó arrojándose cerveza, Lucio recuperó su corbata y su hermano descubrió que su novia alimentaba al gato vecino. Mentí, el calcetín rojo era mío.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Besar a una estrella de rock...

Demasiado soberbio qué parece increíble?

Belive it or not, como le contesté a mis amigos, y que se me perdonen todos los sacrilegios musicales que para algunos estoy cometiendo al entonar las siguientes muy sonoras palabras: "Envidia! Envidia! Me tienen envidia, me tienen envidia...!" #okno

Coincidimos en un antro miraflorino, ex sargento pimienta (mi karma rockandrollero), la estrella de rock blussera y yo. En una noche de parejas, de esas primeras salidas incómodas en las que eres arrastrada por tu novio porque su nuevo amigo extranjero (mentira, pero vivió largo tiempo por allá) quiere salir, pero como no sale sin su novia también tienes que ir para conocer a tu nueva mejor BFF. Gracias gordito por la cita a ciegas, me las pagarás infeliz. Y lo hizo, en efecto, esa noche no sólo obtuve un beso rockandblusero (sí, a él más que a nadie le gusto #porfavornomedejes) sino mi libro favorito de cuentos sobre la creación del mundo, el Popol Vuh. 

En fin, creería que la situación empeoraría cuando caí en cuenta que las parejas nos llevábamos diez años de diferencia, pero fue todo lo contrario, de las mejores salidas en pareja que he tenido ha sido con estos tíos, y de la puta madre.

Nada mejor que empezar en una librería, pero como en una conversación, cada loco con su tema. En definitiva, nadie tenía mejor química que esos dos sujetos que eran nuestros novios, y por ende, la colocha y  yo hicimos click (sí, como Tula), como todas, rajando de sus novios primero, y luego intercambiando bibliografía. Como buena antropóloga y politóloga tenía mucho que compartir, pero sobre todo, su muy interesante vida entre cervezas y un juego de Jenga.

A medida que la noche avanzaba, y la cerveza disminuía y el plan zanahoria nos obligaba la retirada, el buen amigo de mi novio, al fin manteniendo una conversación de cuatro que no tenía que ver con su famoso tío ni más AED por el momento, decidió que debíamos encaminarnos al bar que tanto su novia como él conocieron recientemente y ya habían hecho favorito. Además, allí no habría problema para "estacionar" toda la noche.

Las fotografías, la barwoman, el bar, las mesas, las cervezas, la guitarra, la voz, todo en dos pisos de una casucha, fue perfecto, justo allí, entre el calor de una conversación alegre casi gitana, las risas, el swing del blues, la voz, la inconfundible voz. Allí estaba, improvisando el gran Motta, flacuchendo y con desgreñada larga pelambrera, como me gustan, dijo mi gordito y bien afeitado novio (y esta vez no bromeo). De repente, ya nos teníamos que ir, y yo hablándole a la colocha de lo que había significado su música en mi época escolar (bueno, no tanto). Ni modo, los hombres ya avanzaban con la cuenta bajando las escaleras cuando la colocha ya había sacado mi libro de su bolso y con un lápiz de ojos adentro, me los puso en la mano y dijo "No bajes, yo los retraso." Y allí, siendo la única en la mesa justo frente al escenario, entre tanto pelucón que no se distinguían a las flacas, me decidí a avanzar hasta él y pedirle su autógrafo. 

No conseguí el autógrafo. De hecho, creo que ni siquiera llegué a pedirlo. Sólo supe que había dado demasiados pasos, que olía "raro", que no podía pronunciar palabra y un rostro fantasmal acababa de salir entre mis ojos. Un paso atrás, y él sin dejar de tocar, yo sin autógrafo y la colocha de una brazo, que nos vamos dijo, no sentiste el teléfono? Y el autógrafo? Para cuándo le dije que me habían dado el beso menos húmedo y más etílico de mi vida, estábamos en la puerta con nuestros novios mirándonos extrañados, por qué demoraron tanto? Ya te lo dieron?

Feliz. No fue un Mick Jagger ni un Pete Doherty, pero no es muy probable que sea besada por otro rockandrollero. Por cierto, antes de salir, la barwoman me informó bien sobre las temporadas de los rockeros nacionales que suelen improvisar de cuando en vez. Regresaré, ojalá tenga segunda parte, o finalmente consiga ese autógrafo.

Y sonaba...
Catfish Blues

lunes, 3 de octubre de 2011

Dar de golpes a un idiota...

Si hay algo que debo contar en esta lista, etiquetándola entre las cosas de las cuáles tal vez me llegue a arrepentir y las cosas que no volveré a hacer, es haberle dado de golpes a un idiota en público.

El fin de semana había empezado prometedor, despegamos en la Expo Feria del Vino de Wong donde hicimos las previas, la siguiente parada fue Larcomar y sus discotecas snobs, no me malentiendan, no tengo nada en contra de ellas, pero la pachanga no es mi fuerte, aún así bailo de todo y nada mal, así que cerca de las dos de la madrugada aterricé en Barranco. El problema llegó cuando por obra y gracia de las espirituosas bebidas y la bohemia noche me encontré sargenteando a un ser innombrable, ni siquiera debería ser mencionado en esta entrada, lo que resulta paradójico pues gracias a él empiezo a llenar esta lista. Que quede en los registros que le agradezco.

Mi reacción fue casi instantánea, al principio sólo quería liberarme, me lleva casi tres cabezas así que debía luchar con sus brazos para soltarme. Luego, me indignó ver que a él le parecíera divertido no dejarme salir, me tenía atrapada, no me presionaba ni hacía daño de ninguna manera, pero me desesperaba no poder soltarme y ver esa sonrisa que en otras ocasiones hubiera besado. Aquí fue donde empecé a tirar de sus orejas, algo que había prometido no volver a hacer, también a usar mis brazos para zafarme en la primera oportunidad, y a apretarle los pezones cuando me acercaba a su pecho, era una especie de tira y afloja para que no le hiciera daño cuando me atrapara y no huyera cuando abría los brazos. Viendo que él tenía cuidado de no apretarme mucho, empecé a tirar de sus orejas con más fuerza y a empujarlo con dureza, entonces me abrazó. Sentí su aroma inundarme, y cuando se me cruzó por la mente devolverle el abrazo, lo mordí, sí ya lo dije, lo mordí, no al estilo Tayson pero fue una buena mordida, y aún así el pobre idiota no me soltó.

Según el idota también le di de patadas y puñetes, y que la gente se nos quedaba mirando, y no porque le estuviera haciendo daño alguno, sino porque a todos les parecía tan cómico que una chica tan menuda quisiera sacarle la mierda a un enorme barbón que le duplicaba el volumen.

Bailamos toda la noche, la verdad es que siempre nos hemos divertido juntos, hasta foto juntos nos sacaron, y él parecía disfrutar hasta la mordida que le dejé. No es un idiota, acaso?

Ahora ya no me importa volver a verlo, ya fue suficiente con esa historia, le di un final; y, aunque es probable que haya merecido una verdadera golpiza, haberlo mordido tampoco me enorgullece, la violencia no es un tratamiento recomendable para solucionar un conflicto de intereses, pero no puedo arrepentirme de algo que no tan incoscientemente tuve muchísimas ganas de hacer estos últimos meses. Así que va en la lista, algo que no volveré a hacer, porque después de los treinta ninguna mujer debería perdonarse la inmadurez de sus actos.