La lista puede ser interminable, llena de barbaridades e incluso llegar a ser fantástica, pero creo que nadie debería dejar de tener una lista de las cosas que le gustaría hacer antes de cumplir los treinta. La mía, estimado lector, se compondrá de aquello que voy llevando a cabo y merece tener una historia que contar. Además, podré llenarla de esas cosas que tal vez no me pasen nunca, de las que me arrepienta, de las que me enorgullezca, de las que jamás olvide, de las que simplemente siempre quise hacer y quizás otras que no. Claro, debo admitir desde ya, que no siempre serán cosas mías, y sólo eventualmente se ajustarán a la realidad.

lunes, 3 de octubre de 2011

Dar de golpes a un idiota...

Si hay algo que debo contar en esta lista, etiquetándola entre las cosas de las cuáles tal vez me llegue a arrepentir y las cosas que no volveré a hacer, es haberle dado de golpes a un idiota en público.

El fin de semana había empezado prometedor, despegamos en la Expo Feria del Vino de Wong donde hicimos las previas, la siguiente parada fue Larcomar y sus discotecas snobs, no me malentiendan, no tengo nada en contra de ellas, pero la pachanga no es mi fuerte, aún así bailo de todo y nada mal, así que cerca de las dos de la madrugada aterricé en Barranco. El problema llegó cuando por obra y gracia de las espirituosas bebidas y la bohemia noche me encontré sargenteando a un ser innombrable, ni siquiera debería ser mencionado en esta entrada, lo que resulta paradójico pues gracias a él empiezo a llenar esta lista. Que quede en los registros que le agradezco.

Mi reacción fue casi instantánea, al principio sólo quería liberarme, me lleva casi tres cabezas así que debía luchar con sus brazos para soltarme. Luego, me indignó ver que a él le parecíera divertido no dejarme salir, me tenía atrapada, no me presionaba ni hacía daño de ninguna manera, pero me desesperaba no poder soltarme y ver esa sonrisa que en otras ocasiones hubiera besado. Aquí fue donde empecé a tirar de sus orejas, algo que había prometido no volver a hacer, también a usar mis brazos para zafarme en la primera oportunidad, y a apretarle los pezones cuando me acercaba a su pecho, era una especie de tira y afloja para que no le hiciera daño cuando me atrapara y no huyera cuando abría los brazos. Viendo que él tenía cuidado de no apretarme mucho, empecé a tirar de sus orejas con más fuerza y a empujarlo con dureza, entonces me abrazó. Sentí su aroma inundarme, y cuando se me cruzó por la mente devolverle el abrazo, lo mordí, sí ya lo dije, lo mordí, no al estilo Tayson pero fue una buena mordida, y aún así el pobre idiota no me soltó.

Según el idota también le di de patadas y puñetes, y que la gente se nos quedaba mirando, y no porque le estuviera haciendo daño alguno, sino porque a todos les parecía tan cómico que una chica tan menuda quisiera sacarle la mierda a un enorme barbón que le duplicaba el volumen.

Bailamos toda la noche, la verdad es que siempre nos hemos divertido juntos, hasta foto juntos nos sacaron, y él parecía disfrutar hasta la mordida que le dejé. No es un idiota, acaso?

Ahora ya no me importa volver a verlo, ya fue suficiente con esa historia, le di un final; y, aunque es probable que haya merecido una verdadera golpiza, haberlo mordido tampoco me enorgullece, la violencia no es un tratamiento recomendable para solucionar un conflicto de intereses, pero no puedo arrepentirme de algo que no tan incoscientemente tuve muchísimas ganas de hacer estos últimos meses. Así que va en la lista, algo que no volveré a hacer, porque después de los treinta ninguna mujer debería perdonarse la inmadurez de sus actos.